Eterno Retorno

Saturday, September 04, 2010


Este cuadro de Francisco Cabello es simplemente alucinante. Desde que puse mis ojos en estas surrealistas figuras, supe que la imagen es la elegida.


Liturgia Bicentenaria

Este se publica en el InfoBaja que sale el lunes.

Símbolo y liturgia de poder, celebración casi eucarística en busca de un orgullo nacional que trascienda un poco más allá de un golecito mundialista y un tequila al son del mariachi. Eso es el Bicentenario, la gran fiesta de cumpleaños en una familia en donde no reina precisamente el jolgorio. Para qué internarlo maquillar: el ánimo simplemente no es el mejor para andar en tertulias. Vaya, el cielo está nublado, hay amenaza de lluvia, nos sentimos indispuestos, pero hay que festejar, pues la fecha ha llegado, los músicos ya están pagados y la mesa está servida. Qué empiece la fiesta. En un país cuya única gran alegría nacional en medio de un océano de pesimismo es una Miss Universo, lo que resta es festejar con la alegre resignación de una canción de José Alfredo Jiménez, gritándole al vecino, caballito tequilero en mano, “pero cuántos millonarios quisieran vivir mi vida…” como el buen hijo del pueblo. Demasiadas esperanzas canceladas, más de una primavera pospuesta y los sueños de grandeza derretidos en el bulevar de los sexenios fracasados. Tal vez los cronistas de aquella época eran dueños de una pluma seductora, pero algo me hace pensar que el Centenario de 1910 celebrado con bombo y platillo por Porfirio Díaz con casa tirada por la ventana, se vivió con mayor euforia. El 15 de septiembre de 1910 el viejo Porfirio celebraba 80 años de vida y el mundo entero se rendía a sus pies. Aquel México, un país con un 80% de analfabetos y un sistema agrario casi feudal, era un milagro mundial, aunque los fusiles revolucionarios ya cargaran la pólvora. En apariencia no habría mucho que festejar y sin embargo la Ciudad de México, al igual que el París de Hemingway, era una fiesta. Visto a la distancia y cada vez que me siento tentado a afirmar que Porfirio Díaz ha sido el mejor presidente que ha tenido este país en toda su historia, caigo en la cuenta de que a lo mejor sí había razones para armar un festejo de ese tamaño. Ya en la columna Mitos del Bicentenario hemos hablado mucho de la superchería y las mentiras que inundan nuestra historia. El 15 y 16 de septiembre no se festejan 200 años de ser mexicanos, por la simple y sencilla razón de que en ese momento nadie, empezando por el cura Miguel Hidalgo, tenía la idea ni la intención de formar una nueva nación independiente de España, pero de eso ya hemos hablado mucho.
Lo que cabría preguntarnos es: ¿hay algo que festejar ahora? La respuesta, con todo el pesimismo a cuestas, es sí. Hay razones para festejar. De entrada, festejar que aún existimos como nación, lo cual no es para echar a saco roto. Aún en años recientes, demasiados pueblos del mundo se dormían o se duermen sin saber si al amanecer seguirían existiendo como país o sino que le pregunten a los Balcanes, a Europa del Este o tantas repúblicas africanas abortadas entre genocidios fratricidas. A mediados del Siglo XIX, en medio de la gula expansionista de Estados Unidos y los delirios colonialistas de Napoleón III, había razones de peso para creer que México no podría sobrevivir mucho tiempo como un estado nacional soberano. El hecho de que sobrevivamos, mutilados pero vivos, es ya una razón para festejar. También podemos festejar que somos libres. Vivimos con miedo al crimen e incertidumbre frente a la economía, pero tenemos cada vez más libertad, al menos mucha más que hace 20 años. Queda el consuelo de que en este país nadie te cancela el sacrosanto y placentero derecho de mentarle la madre al gobierno sin ir a la cárcel por ello. No te dejarán de cobrar ese impuesto abusivo, pero al menos te queda la satisfacción de poder manifestar tu coraje sin que nadie te censure por ello. Cierto, tenemos por ahí algunos cardenales y obispos con complejo de inquisidores que sin duda se morirían de ganas de poder encender una hoguera y girar un garrote vil sobre los herejes, pero al final sus rabietas son eso, simples berrinches de una ridícula casta desposeída, pero no el poder castigador de una teocracia al estilo Afganistán donde una adúltera puede ser lapidada. Aunque sui generis, nuestro laicismo existe y vale la pena festejarlo. Tenemos también una democracia, carísima, pero democracia al fin. Podríamos sin duda tener menos zánganos y vividores que se hagan llamar diputados o partidos emergentes, pero al menos vivimos en un país donde podemos votarlos y botarlos. Otra cosa es que no votemos y hagamos de la apatía un sacramento. Y bueno, también es justo festejar este fantástico pretexto. Gracias a este Bicentenario tan incomprendido, la Orquesta de Baja California y la Ballena de Jonás se funden en un mágico abrazo con el Océano Pacífico y se han editado varios cientos de libros, algunos de ellos dignos de ser colocados en un altar.
Cierto, los funcionarios, empezando por el Presidente Calderón, siguen usando términos litúrgicamente cursis como “héroes que nos dieron Patria”, “guirnaldas de oliva, sepulcros de honor y retiemble en sus centros la Tierra”. Los funcionarios, la inmensa mayoría, festejan porque ese mandato burocrático incomprensible llamado calendario cívico impone festejar, aunque nadie se cuestione, ni revise, ni medite las razones del festejo El gran día del Grito pregúntele usted al alcalde o a su delegado si acaso pudieran ellos dar un argumento sólido de por qué Hidalgo es el padre de la Patria o por qué razón Iturbide no es reconocido como consumador de la Independencia y es condenado a ser un eterno maldito. Aquí le firmo la apuesta a que no sabrán qué contestar. Pero bueno, es tiempo de fiesta, somos un País Bicentenario y al menos en este 2010 unas cuantas personas se han interesado un poco más en la historia y uno que otro aferrado revisionista, nos hemos dado gusto derrumbando ídolos. DSB

Thursday, September 02, 2010


Las traicioneras lágrimas de Pancho Villa

Publicada en El Informador de hoy

Hay personajes devorados por las fauces de su propia leyenda. La mitología surgida en torno a su figura crece hasta transformarse en una bestia voraz empeñada en consumir cualquier vestigio de vida real en torno a ellos. Nuestra bestia mitológica por antonomasia, el Megatherion de la historia de México tiene nombre y apellido: Doroteo Arango. ¿Lo duda? Vamos haciendo la prueba. Piense usted en un personaje de la Revolución. El que llegue de visita a su cabeza en los primeros tres segundos. La apuesta va, sin temor a perder, a que pensó usted en Pancho Villa. Tal vez en segundo lugar llegó corriendo Emiliano Zapata, pero Villa se quedó con el monopolio de la imagen oficial de la Revolución Mexicana, la cara más reproducida y por supuesto, la leyenda más contada. Muy atrás llegaron Madero, Felipe Ángeles, Álvaro Obregón y Venustiano Carranza. Si la popularidad y el mito se midieran en número de versos y notas musicales inspiradas, podemos afirmar que Pancho Villa tiene más corridos que todo el resto de los personajes de la Revolución juntos. ¿O conoce usted una canción popular dedicada a Plutarco Elías Calles? Vaya, hasta los caballos de Villa tuvieron sus respectivos corridos, desde el Siete Leguas al Grano de Oro pasando por el Prieto Azabache (aunque éste último murió fusilado antes de poder ser montado por el Centauro) Con una leyenda de ese tamaño llevada a cuestas, ¿es posible encontrar al ser humano? La leyenda de Pancho Villa, el fantasma que cabalga por las noches en las sierras de Chihuahua, Robin Hood norteño que escondió un tesoro de cientos de miles de centenarios en algún desfiladero de Durango o Chihuahua, héroe de nacionalistas que lo glorifican como el único caudillo que se atrevió a invadir territorio estadounidense. O prefiere usted el mito de Doroteo Arango, el cuatrero inclemente que tapizó de muertos las llanuras norteñas, el sanguinario iletrado y fanfarrón que entronizó al México más bronco, el genocida de chinos de la Laguna y soldaderas de su propia tropa. Al final, después de escuchar tantas leyendas y corridos sobre balazos compulsivos y redenciones populares, uno acaba por preguntarse ¿y quién diablos fue en realidad este hombre? De entrada, un ser humano cuyo cerebro es un reto para la psicología. Su inestabilidad emocional llegaba a niveles de barroquismo difíciles de creer. Villa era un tipo de bala y lagrima fácil. Con la misma despreocupación con que sacaba la pistola y mataba a mansalva en un arranque de furia, Villa podía echarse a llorar por cualquier nimiedad. Era un tipo profundamente sentimental al que el llanto podía traicionar en la situación menos esperada. El estereotipo asocia a Pancho Villa con tequilas bravos y pendencias cantineras y mucho se sorprende la gente cuando descubren en él a un abstemio que jamás bebió alcohol y que sentía asco por la bebida, además de ser intolerante con los borrachos. En Villa la historia de lo que pudo haber sido es tan enorme como la historia de lo que fue. Hay en la vida de todo hombre un momento que define el camino de su existencia. En la del Centauro ese momento fue la tarde de septiembre de 1894 en que disparó una pistola contra el hacendado Agustín López Negrete, quien deseaba ejercer por la fuerza sus derechos sexuales patronales sobre la hermana del adolescente Doroteo Arango, de entonces 16 años. Los balazos a López Negrete lo transformaron en prófugo. El joven forajido, que tal vez hubiese llevado una triste vida de peón en una hacienda, se tuvo que convertir en un ladrón de vacas. El nombre de Francisco Villa lo tomó de un bandolero así llamado que había sido una suerte de benefactor en el negocio del cuatrerismo, caído en medio de una reyerta. Otra versión dice que el padre de Doroteo Arango era hijo ilegítimo y que el abuelo del Centauro en realidad se llamaba Jesús Villa, cuyo apellido decidió tomar. El otro gran momento en la vida de Villa, fue cuando el bandolero es redimido por el Apóstol de la Democracia, Francisco I. Madero, quien por recomendación del gobernador de Chihuahua, Abraham González, invitó al cuatrero a unirse a su movimiento. El rico hacendado que se comunicaba con los espíritus y que jamás mató una mosca, abrazaba al iletrado y salvaje robavacas. El sentimental Villa lloró ante Madero, se arrepintió de sus pecados y guardó eterna lealtad al chaparrito de Parras. No se sabe si sus amigos los espíritus lo aconsejaron a través de la ouija, pero el caso es que Madero fue una revelación como cazatalentos al invitar a Villa a su movimiento, pues el cuatrero montés que jamás había estudiado en colegio militar alguno y que de hecho no sabía leer, se transformó en el más consumado estratega militar de la Revolución Mexicana. Otro momento clave en la vida de Pancho Villa se da en 1912, cuando siendo un coronel subordinado de Victoriano Huerta, quien entonces defendía al gobierno de Madero contra la rebelión de Pascual Orozco, estuvo a punto de ser fusilado por su jefe. Una vil insubordinación, un pleito por una mula, pero el caso es que Huerta estuvo a minutos de dar la orden de fuego y matar a Villa. Cuando un año y medio después el Centauro del Norte despedazaba a los ejércitos huertistas en Torreón y Zacatecas, el alcohólico dictador sin duda hizo mil y un corajes por no haber fusilado a su entonces subordinado. Pero la moneda se le volteó a Villa cuando un día del verano de 1914 estuvo a punto de fusilar a su futuro verdugo, Álvaro Obregón, enviado por Carranza a pactar con él. Esa orden de fuego no pronunciada costó muy cara a Villa, cuya suerte cambió para siempre en la Semana Santa de 1915 en Celaya, donde Obregón hizo pedazos a la División del Norte. Villa jamás se levantaría militar y emocionalmente de esa derrota. Después de Celaya se acabó la era del gran general y empezó el tiempo del guerrillero sanguinario, dedicado a molestar al gobierno, a Estados Unidos y a la población civil. Los tiempos más oscuros de un Villa que volvería a ser redimido en 1920 por el cantante de ópera Adolfo de la Huerta. Villa se transforma en prospero agricultor por tres años, antes de ser asesinado en Parral el 20 de julio de 1923, seguramente por órdenes de Obregón y Calles que respiraron tranquilos tras su muerte. Al final, todos fueron felices para siempre y acabaron como vecinos, con sus respectivas letras de oro en el Congreso.

Wednesday, September 01, 2010

El Aleph de Borges habitaba en una casa de la calle Garay en el barrio de Palermo, en Buenos Aires. El mío tenía su domicilio en la calle Río San Juan, en el número 103, en la colonia Miravalle de Monterrey. En las paredes de esa casa, derrumbada un triste día de 1993, habitaba el Todo, materializado en la biblioteca más fascinante que he encontrado en el mundo entero. En la casa de mi Abuelo, Agustín Basave Fernández del Valle, el color de las paredes era un misterio pues todas estaban tapizadas de libros. Sí, aquello era la auténtica Biblioteca de Babel. La casa no existe más y el tesoro de Basave fue legado a su alma mater, la Universidad Autónoma de Nuevo León, pero aquellos libros marcaron un tatuaje en mi alma. Esa biblioteca definió mi vida, pues siendo muy pequeño adquirí una adicción que a la fecha no supero: La Historia, un bosque eterno por donde un día empecé a caminar y de donde a la fecha no he salido. Un mar cuya profundidad parece ser infinita o acaso una arena movediza envolvente donde cada nuevo libro o cada conversación me va sumergiendo más. En cada momento de mi vida ha habido siempre un libro de Historia como fiel compañero de viaje y guardián de buró. Ahora, toca acompañarme de mío. DSB


Narrativa Negra Azabache

Caigo en la cuenta de que muchas de las lecturas comentadas en los últimos años en este blog comparten la característica de explorar lados oscuros y tentar el sueño de nuestros demonios. El gótico tradicional y la novela negra ortodoxa son dos de mis pasiones nocturnas de buró desde la más temprana adolescencia. Tal vez no son las únicas, pero son compañeras de viaje inseparables. En los espacios periodísticos donde desparramo letras cada semana, he aprovechado para hablar de infinidad de novelas oscuras, buscando motivar al lector a apartarse del oportunismo chatarrero para sumergirse profundidades capaces de dejar algún tatuaje en su memoria o en su alma.
Después de todo, ellos también son excavadores de lados oscuros y se han encargado de develar esas caras ocultas omnipresentes en nuestras vidas, esa sombra que nos acompaña y camina a nuestro lado y que surge de repente en esa lectura de madrugada. Esos fieles demonios que han sido inseparables compañeros en el viaje de un periodista para quien la caída de la noche significa siempre una copa de vino y un paseo por esa omnipresente narrativa negra azabache.

Tuesday, August 24, 2010


La Doncella de Hierro ataca de nuevo. Cuando la mejor banda del Universo entero ha sacado un nuevo disco, yo no puedo permanecer indiferente. Chutaos esto que he escrito para La Guía de mi amigo Hugo Fernández.

The Final Frontier-Iron Maiden

Por Daniel Salinas Basave

Algo sabemos de fronteras por estos rumbos y nos queda claro que es cada vez más complicado atravesarlas. No sabemos si a la Doncella de Hierro le tocó una línea de aquellas o si quedó atorada en las revisiones del Siave un viernes por la tarde, pero el caso es que tardó cuatro años y varias vueltas al mundo en atravesar la Frontera Final. Desde su anterior álbum de estudio, A Matter of Life and Death, que vio la luz en verano de 2006, no había material nuevo de Maiden, si bien la banda había dado mucho de qué hablar rolando por el planeta entero. Entre serias dudas y altas expectativas aguardábamos el siguiente disco de Iron Maiden. Luego de un álbum un tanto complicado como fue aquel “asunto de vida o muerte”, mismo que tocaron íntegro y en orden durante el respectivo tour mundial, la Doncella de Hierro se subió a una máquina y se fue a algún lugar de regreso en el tiempo. El 2008 ha sido uno de los años más intensos en la carrera de Maiden. Con su cantante Bruce Dickinson como piloto estrella de una monstruosa aeronave, la Doncella se embarcó en la gira Somewhere Back in Time que los llevó a rincones tan remotos como India, Australia, Japón o Chile en donde recrearon el mítico tour inmortalizado en el doble en vivo Life After Death tocando únicamente rolas de sus cinco primeros álbumes (la única excepción “moderna” en el set list fue la emblemática Fear of the Dark del 92) Quienes tuvimos la oportunidad de ver en vivo a aquella Doncella rejuvenecida cargada de energía heavymetalera, comprobamos que pese a la aparente calma reflexiva de los últimos álbumes, Maiden sigue siendo arsenal de artillería ruda. Después de verlos, la pregunta que flotaba en el aire era: ¿qué podíamos esperar del nuevo álbum? ¿Un retorno a la batería pesada de guerra al estilo Number of the Beast? ¿O una continuidad por ese sendero introspectivo de los últimos discos? La opción dos fue la respuesta. El nuevo álbum de Iron Maiden, The Final Frontier, es un representante emblemático de esa vereda de progresivas profundidades reflexivas por donde a la Doncella le ha dado por caminar en el Siglo XXI. Un disco maduro, trabajado, tal vez demasiado estudiado. Un hermano tardío de aquel Somewhere in Time de 1986, el álbum más raro y conceptual de la primera década de Maiden. The Final Frontier ve la luz exactamente 30 años después del álbum debut de la banda, el homónimo Iron Maiden de 1980. En tres décadas 15 álbumes de estudio, de los cuales los ocho primeros fueron grabados en los primeros diez años y los siete restantes a lo largo de las últimas dos décadas. Complicado, de no fácil digestión en la primera escucha, con rolitas de ocho a nueve minutos de duración en promedio y con una vibra muy progre, son los calificativos que se me ocurren para describir de entrada a la frontera final. Al escuchar los primeros tres minutos y medio de la primera canción Satellite 15… The Final Frontier, pensé estar escuchando una rola del proyecto progresivo-cósmico Ayreon, del holandés Arjen Lukacssen, donde el propio Bruce Dickinson ha sido invitado como cantante en una rola. Un riff de bajo distorsionado impropio de Steve Harris, sonidos de futurismo espacial, la voz de Bruce con distorsión, hasta que cerca de los cuatro minutos todo cambia radicalmente y se escucha el típico riff maideniano. Pensé que habíamos brincado de rola, pero aún estábamos en la primera. Debo admitir que me sorprendieron. El Dorado es el primer single del álbum, la rola que tocaron en los conciertos anteriores a la salida del disco y sin duda la más pegajosa con el típico bajeo galopante de Harris. Mother of Mercy vuelve a sorprender con cambios radicales de ritmo y lo que empieza con aparente calma, termina por ser la canción más oscura del álbum. Coming Home en cambio es esa típica rolita introspectiva tan de la nueva época, en contraste con The Alchemist, el tema más old school del álbum y también el más corto. Isle of Avalon es un tema largo y complejo, esencia pura de eso que llaman metal progre. Siguen los largos recorridos de nueve minutos con intros suaves en The Talisman o The Man Who Would Be King. Parece que Harris se enamoró de esa fórmula, sello del Maiden moderno. El cierre de once minutos con As the Wild Wind Blows es épico. Las letras, que por momentos hacen pensar en un álbum conceptual de ciencia ficción postapocalíptica, son profundamente reflexivas, proféticas, fatalistas en torno a la guerra, el fin del mundo, el fanatismo. Temas profundamente doncellescos. Definitivamente, no es un disco fácil, ni grabado a la ligera. Es una obra exigente, que demanda concentración y apertura de ideas. Hay quien interpreta como una despedida en el concepto “The Final”, pero a diferencia de bandas como Scorpions, Maiden no ha cantado oficialmente Las Golondrinas. Pase lo que pase, lo cierto que la Doncella hace un tiempo cruzó la frontera hacia el reino de la inmortalidad.

Monday, August 23, 2010


Un objeto con olor a eternidad

Es muy complicado jugar a hacer predicciones, máxime cuando tienen que ver con la propia muerte, pero si tuviera que jugármela en una apuesta, diré que hasta el último día de mi vida habrá siempre un libro cerca de mí. Un libro tradicional, de papel, tinta y pastas. Podrán regalarme la última y más revolucionaria generación de e-books, podrán hablarme de las ventajas de la tecnología de vanguardia, de lo obsoleto que resulta un amasijo de papeles susceptibles de apolillarse, de ser carcomidos por los hongos, de generar polvo y robar espacio, cuando toda mi biblioteca puede caber en la palma de una mano. Sí, lo sé y lo reconozco. Llámalo aferre de viejo, terquedad de un tipo anticuado anclado en la nostalgia de otra época, pero yo me quedo con mis libros de papel. Como objeto el libro me parece un ente perfecto y nada podrá sustituirlo. No me cierro a la comodidad de un e-book, pero el hijo de Gutenberg me parece imposible de reemplazar. En ese sentido, no puedo menos que coincidir con Umberto Eco cuando afirma que “el libro, es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez se han inventado, no se puede hacer nada mejor. El libro ha superado la prueba del tiempo”. La obra conversacional de Umberto Eco y Jean-Claude Carriere es, desde su título, toda una declaración de principios de amor por un objeto y su significado: “Nadie acabará con los libros”. Esa verdad tan contundente titula las charlas entre Eco y Carriere compiladas por Jean-Philippe de Tonnac y editadas por Lumen. Después de todo, hace milenios la gente ya leía y hoy lo sigue haciendo, aunque el contexto, los hábitos, la forma y la superficie de la lectura se han modificado radicalmente. Eco es realista y no se cierra al cambio al señalar que “quizá evolucionen sus componentes, quizá sus páginas dejen de ser de papel, pero seguirá siendo lo que es” afirma el semiólogo italiano. Internet representa una revolución tan trascendente como lo fue la imprenta de Gutenberg. La diferencia es que en el Siglo XV la historia caminaba en cámara lenta y en el Siglo XXI parece correr en cámara rápida. Cinco años en la historia del Internet pueden ser una eternidad, de ahí lo complicado que puede llegar a resultar hacer pronósticos con alguna dosis de realismo y exactitud. DSB

Friday, August 20, 2010


Cambiando presidentes como calcetines

Publicado en El Informador 46


Con todo y las crisis, las devaluaciones, las impugnaciones de fraude electoral y las tomas de Congreso, en México los últimos doce presidentes han logrado completar sus respectivos periodos. Desde que Lázaro Cárdenas asumió el poder en 1934, todo primer mandatario ha logrado cumplir sus seis años despachando con la banda tricolor en el pecho. Semejante nivel de estabilidad política es algo que muchas naciones del hemisferio envidian. Vaya, ni siquiera Estados Unidos puede presumirnos algo similar en el mismo periodo de tiempo, pues los gobiernos de Kennedy y Nixon se vieron interrumpidos, el primero por la bala que lo mató en Dallas y el segundo por el escándalo de Watergate, sin olvidar que Roosevelt murió ejerciendo la presidencia en 1945. En otras naciones latinoamericanas, la presidencia ha sido tan inestable como una cáscara de nuez en tormenta marina. Basta recordar los cinco presidentes que pasaron por la Casa Rosada en Argentina en aquel terrible diciembre de 2001. México ostenta orgulloso sus 76 años de estabilidad. Cierto que en la época dura del PRI no se vivía una real democracia, pero al menos no caímos en los infiernos de las dictaduras militares que traumaron a Sudamérica. Lo absurdo de la historia, es que en los primeros años de vida independiente de este país, los presidentes mexicanos solían durar en el poder un promedio de seis meses. En los 29 años que transcurrieron entre 1829 y 1858, hubo en México 46 relevos presidenciales. En la actualidad, 29 años significarían apenas cinco presidentes distintos, pero en esos convulsos tiempos del Siglo XIX, completar doce meses en la presidencia era ya una hazaña. En esos 29 años, sólo dos presidentes entregaron el poder en forma institucional y únicamente uno, el primero, pudo completar su periodo. Guadalupe Victoria, primer presidente de México, asumió en 1824 y entregó el poder en 1829 a Vicente Guerrero en una sucesión no exenta de polémica. Lo verdaderamente atípico fue que entregó el poder pacíficamente y no a consecuencia de un derrocamiento, si bien a medio periodo enfrentó la rebelión de su vicepresidente, el masón del Rito Escocés Nicolás Bravo. Con Vicente Guerrero se inauguraría la era del cuartelazo y la asonada compulsiva. Una época donde la rebelión, las guerras y las traiciones, ejecutadas algunas veces de vicepresidente a presidente, fueron la regla y no la excepción. Guerrero duró ocho meses en el poder antes de ser derrocado por su propio vicepresidente, Anastasio Bustamante. Tras el interinato de cinco días de José María Bocanegra y de ocho días de una junta de gobierno, asume Bustamante, que apenas completaría dos años antes de ser derrocado por Santa Anna, quien inauguraría un ridículo rosario de once presidencias, tres de las cuales duraron menos de cuatro semanas. De hecho, tan sólo en 1833, Santa Anna retornó tres veces al poder, mientras que su interino de cabecera, Valentín Gómez Farías, lo ocupó otras tres. Lo absurdo del caso, es que en estos periodos de semanas se operaban reformas y decretos radicales que contradecían o echaban por tierra lo hecho en el periodo anterior o bien, se inventaban nuevos impuestos. Gómez Farías, liberal consumado, emprendía reformas progresistas y seculares que Santa Anna se encargaba de desbaratar a las tres semanas. Si bien es cierto que el “Pata de Palo de Xalapa” batió el record con sus once presidencias, la verdad es que en ese periodo de 29 años hubo algunos presidentes que iban y venían de Palacio Nacional, como el mismo Valentín Gómez Farías, que ocupó seis veces la primera magistratura, o Nicolás Bravo, José Joaquín Herrera y Anastasio Bustamante que la ocuparon tres veces. En 1847, en el punto más complicado de la guerra contra Estados Unidos, hubo en México siete relevos presidenciales que incluyeron dos distintos periodos de Santa Anna, dos de Pedro María Anaya y dos de Manuel de la Peña y Peña. Ello por no hablar del sistema constitucional que en ese mismo periodo de tiempo varió de federalista a centralista, pasando por una dictadura para volver después al federalismo. Tomando en cuenta lo precario de las comunicaciones en aquella época, podemos dar por hecho que en ese tiempo, preguntarle a un mexicano cualquiera el nombre de su presidente era un acertijo de muy difícil respuesta.
El desfile de presidentes siguió de manera ininterrumpida hasta la época de la Reforma. En calidad de presidente de la Suprema Corte de Justicia, Benito Juárez asumió en automático la presidencia en 1858 derivado del autogolpe de estado Ignacio Comonfort. Pese a las convulsas circunstancias en que asumió, Juárez se perpetuaría catorce años con la banda tricolor y únicamente pudo sacarlo de ahí la angina de pecho que lo mató, si bien más de la mitad del tiempo gobernó desde su carruaje. Al mismo que tiempo que Juárez encabezaba su gobierno sobre ruedas, los presidentes conservadores Félix Zuloaga y Miguel Miramón y más tarde el emperador Maximiliano, gobernaron en la Ciudad de México. Tras el periodo de Lerdo de Tejada, llegó al poder Porfirio Díaz en 1876 y fue entonces cuando México conoció el otro extremo del drama presidencial. Tras haber tenido 46 presidentes en 29 años, tuvo uno solo en tres décadas. Basta con echarle un poco de matemática y ceder a la tentación de la odiosa comparación para darnos cuenta de la inmensidad de los absurdos decimonónicos. Entre ese par de oaxaqueños enamorados de la presidencia llamados Benito Juárez y Porfirio Díaz, sumaron 45 años de poder, más de lo que sumaron juntos todos los presidentes restantes que gobernaron México en el Siglo XIX. Con la llegada de la Revolución volvió el desfile presidencial a Palacio, pero esa historia la platicaremos en el próximo número de El Informador.



Una presidencia de 45 minutos

Publicado en El Informador 47

Un tiempo en un partido de futbol, una consulta en psicoanálisis tradicional, una ida de Tijuana a Tecate , una sentada a comer o el periodo de un presidente de la República, transcurren, o pueden transcurrir, en 45 minutos, o si no que le pregunten a Pedro Lascuráin Paredes, el mandatario más fugaz de la historia del País. En anterior capítulo, platicábamos acerca de del turbulento Siglo XIX mexicano, cuando entre cuartelazos, asonadas y traiciones, se cambiaban presidentes como calcetines. En aquellos primeros años de vida independiente, los presidentes iban y venían, los derrocaban y traicionaban para después volverlos a encumbrar. Hubo presidentes que duraron en el cargo dos o tres semanas o que regresaban cada cierto tiempo, como Antonio López de Santa Anna, que cuando estaba aburrido y quería jugar gallos en Manga de Clavo, encargaba “el changarrito” presidencial a Valentín Gómez Farías. Así transcurrió la historia del País, hasta que llegó Porfirio Díaz en 1876 a cambiar las reglas del juego e irse al otro extremo perpetuándose por más de tres décadas en el poder. El primer periodo presidencial de Don Porfirio, duró de 1876 a 1880 y fiel a sus “sólidos principios antireeleccionistas” el oaxaqueño encargó la presidencia por los siguientes cuatro años a su compadre Manuel “El Manco” González. En 1888 Díaz volvió al poder y su original compromiso con la no reelección fue quedando poco a poco en el olvido. Cuando se reeligió por séptima vez en 1910, Pancho Madero y su Partido Antirreeleccionista dijeron basta y desataron a la fiera revolucionaria. Díaz firmó su renuncia el 25 de mayo de 1911 y se subió al buque Ipiranga para no volver jamás. Con la salida de Don Porfirio, retornaba a Palacio Nacional la era de la mudanza compulsiva. Tras la renuncia del dictador, Francisco León de la Barra ocupó la presidencia por cinco meses hasta que Madero resultó vencedor en una de las elecciones más limpias de toda la historia del País y asumió el cargo el 6 de noviembre de 1911. Apenas quince meses y trece días duraría el periodo presidencial del “Apóstol de la Democracia”, que fue traicionado y derrocado por su general Victoriano Huerta. El 19 de febrero de 1913 pasará a la historia como el día en que México tuvo tres distintos presidentes en Palacio Nacional. En la mañana de ese día, el presidente se llamaba Francisco I. Madero, que aunque preso del traidor Huerta, seguía siendo el legítimo jefe de la Nación. Doblegado por la noticia del cruel asesinato de su hermano Gustavo, presionado por sus familiares y consciente de que poco o nada le quedaba por hacer, Madero firmó la renuncia a su cargo desde el cuartucho de intendencia en Palacio donde Huerta lo tenía encerrado. A las 17:15 horas, asumió la presidencia el secretario de Relaciones Exteriores, Pedro Lascuráin Paredes. El flamante primer mandatario estaba muerto de miedo en medio de un escenario turbulento donde la traición estaba a la orden del día y el embajador de Estados Unidos, Henry Lane Wilson, no quitaba el dedo del renglón. Sus 45 minutos de poder apenas le alcanzaron a Lascuráin para ejecutar un único acto de gobierno: nombrar a Victoriano Huerta secretario de Gobernación, para después proceder a renunciar al cargo, mismo que en forma automática recayó en el recién nombrado secretario. La gran farsa legal estaba consumada. Lascuráin vivió una larga vida, pues murió hasta 1952, a los 96 años. Casi un siglo de existencia que lo convierte, paradójicamente, en el presidente mexicano más longevo de la historia, con sólo 45 minutos de mandato. Definitivamente, no tuvo tiempo para estresarse. Las mieles del poder también fueron fugaces para el usurpador Huerta, quien apenas duró 17 meses en Palacio antes de salir huyendo de la triunfante Revolución Constitucionalista. El triunfo revolucionario no trajo consigo una mínima dosis de estabilidad a la presidencia. Tras el interinato de Francisco Carvajal que se prolongó por 28 días, se consumó la escisión revolucionaria que trajo como resultado dos presidencias que se proclamaban legitimas. Por una parte estaba el gobierno reconocido por la Convención de Aguascalientes, respaldado por Francisco Villa y Emiliano Zapata, y por otra parte el gobierno de Venustiano Carranza, que al puro estilo de López Obrador, se proclamó presidente legítimo y ejerció el cargo desde Veracruz. En un periodo de diez meses desfilaron por Palacio Nacional tres presidentes convencionalistas: Eulalio Gutiérrez, Roque González Garza y Francisco Lagos Cházaro. Cuando Álvaro Obregón acabó con la División del Norte en Celaya, el camino quedó despejado para que Carranza volviera a la Ciudad de México. El de Cuatro Ciénegas logró llegar casi al final de su periodo presidencial, pero cometió el error de querer imponer a Ignacio Bonillas como sucesor, lo que trajo un nuevo alzamiento en Agua Prieta, Sonora. Carranza fue asesinado en Tlaxcalantongo aún como presidente en funciones y el poder recayó en Adolfo de la Huerta. El cantante de ópera ejerció un interinato de seis meses y entregó la banda al recién electo Obregón, que ejerció y concluyó su periodo de cuatro años al cabo de los cuales heredó la silla del águila a su paisano sonorense, Plutarco Elías Calles, que gobernó otro cuatro años completos. Parecía que la presidencia iba a ser patrimonio exclusivo de Sonora cuando Obregón se reeligió en 1928, pero las balas “bendecidas” que le disparó León Toral en La Bombilla truncaron la carrera. Tres presidentes, Emilio Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio y Abelardo Rodríguez, “gobernaron” durante los siguientes seis años del Maximato, donde el que mandaba era Calles. La renuncia de Pascual Ortiz Rubio en 1932 significó la última interrupción de un mandato presidencial en la historia de México. Con Lázaro Cárdenas y el plan sexenal se inauguró una era de estabilidad presidencial que rige hasta ahora. ¿Podrá Felipe Calderón continuar la tradición y ser el treceavo presidente que concluye su sexenio?

Monday, August 16, 2010

El libro dejó de ser un objeto artesanal que se fabricaba por encargo y cuya tenencia podía ser tan cara como la de una obra de arte. Ya en el Siglo de Oro español había ediciones baratas de novelas caballerescas y entremeses de la época. Cervantes no lo aclara, pero es posible que la biblioteca de Alonso Quijano, nacido un siglo después de la muerte de Gutenberg, haya sido en su mayoría hija de la imprenta. Ello significa que a finales del Siglo XVI o principios del XVII, fechas en que se desarrollan las aventuras quijotescas, un hidalgo que no tenía una fortuna, podía poseer en su casa una enorme biblioteca, algo que hubiera sido impensable antes de Gutenberg, cuando las pocas bibliotecas existentes estaban en los monasterios. La masificación de la lectura empezó a generarse en el Siglo de las Luces y fue sin duda uno de los factores que aceleraron el final del Antiguo Régimen. En México hasta hace no mucho tiempo el alfabetismo era privilegio de castas acomodadas. Las estadísticas reflejan que al recibir el Siglo XX en plena época del porfiriato, 80.26% de la población mexicana era analfabeta.

Nuestros demonios permanecen ahí, eternos e inmutables, contemplándonos desde las portadas de sus libros o desde el cartel del cine. De vez en cuando juegan a adaptar a la época algunos accesorios de su ropaje, pero al mirarlos bien a los ojos y encontrar esa expresión familiar descubrimos a nuestros viejos demonios de toda la vida, los omnipresentes compañeros de viaje y pesadillas. Míralos, son los mismos monstruos que nos acompañaban hace un par de siglos, los mismos entes que buscaban perturbarte y hacerte mirar con horror tu lado oscuro. Es como un reciclado Flautista de Hamelin que toca los mismos acordes y nos sigue fascinando con su hechizante canción Mientras los profetas del Apocalipsis de Gutenberg se deleitan tratando de adivinar la fecha en que redactarán el epitafio final de los libros, en los aparadores de las librerías o en las tiendas virtuales de e- books hay ejemplares que se venden como pan caliente. Si la superficie es papel o fibra óptica poco importa. El personaje es el mismo de hace 200 o 300 años. Señoras y señores: con ustedes su viejo amigo el vampiro, acompañado del pirata y el asesino en serie.
Vayamos al aparador de una librería comercial cualquiera y detengámonos a contemplar los ejemplares que están en la mesa principal. ¿Qué es lo que lee la gente al llegar al final de la primera década del Siglo XXI? ¿Cuáles son las ficciones que ocupan sus ratos de ocio?